viernes, 26 de enero de 2018

EL VIAJE DE LINDBERGH A SUDAMÉRICA (III). LAS BELLEZAS DE MÉXICO Y EL VIAJE A GUATEMALA

Charles Lindbergh


Lindbergh en la plaza de toros de México
Mirando las bellezas de México

Era el día 18 de diciembre, un día pleno de actividades mexicanas. Fuime a cierta exhibición de habilidades rancheras tales como las del lazo y domada de potros cerriles en la hacienda famosa Rancho de Charros y a la tarde se dió una corrida de toros en mi honor, en la que uno de los matadores me obsequió con una hermosísima capa de seda recamada de oro. Se calcula que el público que asistió a la fiesta sobrepasaba de 35.000 almas y el popular espada José Ortiz, subiéndose sobre la barrera, me dió un expresivo abrazo de confraternidad. Una chiquitina mexicana subió hasta el palco donde me encontraba visitando al general Calles y me regaló, con la más bella sonrisa, un bouquet de violetas que tenía un lazo con la inscripción: Las chicas de México al Águila solitaria de Estados Unidos.

Por la noche se me invitó a visitar en automóvil, el romántico valle, cubierto de flores y de historia, en el que se admiran las ruinas de las civilizaciones Azteca y Tolteca. Allí se admiran las pirámides de San Juan Teotihuacán, que encierran el enigma de una raza prehistórica. El origen de esta ciudad de los dioses, que queda a 28 millas de la capital, se encuentra perdido en el obscuro pasado pero, a juzgarse por sus inmensas cantidades de datos arqueológicos, se calcula que fue una metrópolis de más de 100 mil habitantes. Dos de los más nobles montículos artificiales de Norteamérica, las pirámides del Sol y de la Luna, dominan esa área, pero también se observan otras inferiores. Esta zona de 494 acres se halla actualmente en excavación, por cuenta del gobierno mexicano ansioso como el que más por conocer la historia de sus nobles antepasados.

Mi sorpresa subió de punto cuando se me dijo que tan inmenso valle fue hace miles de años un lago, en el que estaban comprendidas muchas islas y ciudades. Siempre hallaba yo algo que admirar en México y una tarde se me abrieron las puertas para que visitara la región de los Jardines Flotantes de Xochimilco. Los canales por donde discurren las góndolas parecen los de Venecia. La nuestra atravesó por innúmeros jardines en los que se cultivan flores y frutas para venderlas en la ciudad. Se dice que la misma ciudad de México fue en cierto tiempo una verdadera ciudad flotante como Xochimilco allá por el año en que la conquistó Hernán Cortez. Gradualmente los canales iban despareciendo y las innúmeras islas pequeñas se convirtieron en la hermosa ciudad de México.

Lindbergh junto a su avión, en México. Le acompañan
dos funcionarios de la Embajada norteamericana
Me correspondió la honra de lleva al Presidente de México como pasajero, en su primer vuelo. Es persona serena, y conversa con verdadero arrebato acerca de las cosas que prefiere. Cuando pasamos por su palacio en Chapultepec, echó vistazos sobre los patios y los callejones sin demostrar inseguridad. Me dijo que era fácil sabe las razones que primaron en el ánimo de los antiguos mexicanos para establecer su ciudad en ese sitio. Me indicó que lo llevara formando una curva perfecta por encima de la urbe, para mirar desde arriba y saludar con fruición todos los hogares de los compatriotas; luego me señaló con el índice que le hiciera dar una vuelta más sobre los llanos que circuyen la ciudad, para saluda al agricultor mexicano, símbolo auténtico de la grandeza de su país. Todo lo iba mirando con entusiasmo y con cariño. Y pensar que él había sido un infeliz muchacho vendedor de agua destilada en uno de esos pueblos, según el mismo me dijo.

Los pilotos mexicanos habían organizado una fiesta en mi honor llena de camaradería y de números sorpresivos. La fiesta se desarrolló en una finca denominada Cuernavaca, a donde llegamos después de dos horas y media de viaje en automóviles y durante el cual, me certifiqué en mi idea, de que México es uno de los países más hermosos del mundo. De ir en aeroplano hubiéramos llegado después de media hora y ese fue un error nuestro.

Los picos volcánicos marcan la ruta desde México hasta la capital de Guatemala

Las demostraciones de afecto de los simpáticos mexicanos permanecerán por muchos años en mi memoria. Una mañana se dio en mi honor una vistosa fiesta en el Estadio de México, en que las señoritas del colegio ejecutaron la vistosa danza Tehuana, que es el nombre de una raza descendiente de los poderosos zapotecas, cuyas mujeres son tan bellas y graciosas como las de Burma y que como ellas, gustan de enjoyar sus desnudeces con joyas llamativas.

Las mujeres que ocupaban los palcos eran hermosas hasta le exageración y vestían indistintamente las últimas toiletes de París y sombreros mexicanos, llamados charros. Los asientos estaban decorados con macanas de colores brillantes tejidas por los indios, en sus telares de mano y tinturadas con anilinas vegetales. El Senado de México me dio su saludo y concurrí a la cámara para agradecer a sus miembros por tan delicado toque de cultura. En los muros del recinto de las leyes se admiran los nombres de sus héroes y prohombres. Otro momento concurrí a presenciar la inauguración de una librería popular que se la bautizó con el nombre de nuestro gran demócrata, el imparable Lincoln.

La devoción de mi madre es tan grande que también quiso venirse a México en aeroplano, y así tuve el placer de pasar la Navidad con ella. Había llegado a México desde la ciudad de Detroit, haciendo varias escalas en el trayecto, hasta aterrizar en el campo de aviación Valbuena, después de un viaje largo pero sin contratiempos. Mi madre es la que más se empeña en que su hijo Carlos, coopere en el desarrollo de la aviación internacional.

Lindbergh a bordo de una trajinera en Xochimilco. A su izquierda, el embajador norteamericana, Dwight Morrow

Pero era necesario partir y el día llegó sorpresivamente como un ladrón, cuando más acostumbrado me hallaba de participar de la alegría y buen humos de los mexicanos ya que me había ligado a ellos con sinceros vínculos de amistad y simpatía. Volví a levantar el vuelo a la hora fijada (las 6:35 de la mañana del 28 de diciembre de 1927) en pos de mi objetivo, la capital de Guatemala, que de acuerdo con datos geográficos precisos, quedaba hacia el sureste.

La realización de este vuelo constituye una de las jornadas más llamativas, si ha de tomarse en cuenta la rareza del paisaje y la policromía de los valles, cubiertos de vegetaciones pujantes y ricas. Por desgracia ese espectáculo olímpico estaba interrumpido por frecuentes nubes o nieblas que impedían admirarlo. Algunas de esas nubes alcanzaban la longitud de cincuenta millas y aparecían con frecuencia sobre los bajíos que se dilataban con dirección al gran golfo, que no pude observar, aunque sí vi, por una fracción de tiempo insignificante, al gran Océano Pacífico. La cordillera exhibía los picos de numerosos volcanes que echaban al aire obscuras columnas de humo o de vapores. Más abajo, en las tierras del litoral, la vegetación se manifestaba espléndida y lujuriosa, cubierta de fecundación y de riqueza inexplorada. El aterrizaje en esas zonas sería de todo punto imposible y mi opinión es que cuando desarrolle la aviación comercial en el trayecto de México a Guatemala, se deben utilizar naves de tres motores o en caso contrario, la ruta aconsejada, debería ser siguiendo la línea de la costa.

Las montañas son altas y muy escabrosas, sin embargo están cubiertas de vegetación. Es un contraste agradable que no se observa en nuestra Montañas Rocosas, y algunas de ellas aparecían coronadas por palmas.

Otro dato digno de admirarse es la pujante laboriosidad de los agricultores que han escalado con sus plantaciones hasta considerable altura, pues algunas sementeras alcanzaban la altitud de 10.000 Pies sobre el nivel del mar y forman con los ejes de los picos, ángulos de cuarenta y cinco grados. Mis vuelos los hacía a la elevación de siete mil metros hasta un máximo de doce mil en algunos lugares, pero como las ciudades de México y Guatemala están fundadas a siete mil y cinco mil pies, respectivamente, la elevación relativa no era muy grande, pues no solo llegué a volar a cosa de cien pies sobre las cimas volcánicas y cuando pasaba por los pueblos procuraba bajar en lo posible. Los techos de las haciendas y de las casas de los pueblos son de paja y tienen apariencia agradable e individual. Las propiedades rústicas están desparramadas a considerables distancias las unas de las otras, y existen zonas de cincuenta millas de extensión que no exhiben el menor rastro de hallarse habitadas o exploradas por el hombre y, sin duda, se trata de selvas vírgenes cubiertas de plantas tropicales, con montañas muy altas en su centro, que exhiben los conos nevados de sus cimeras a semejanza de dentaduras de algún monstruo apocalíptico.

En las regiones cultivadas los campesinos salían a las puertas de sus casas para mirarme pasar y la mayoría de ellos sin duda jamás había visto un aeroplano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario