domingo, 31 de julio de 2016

LA FILATELIA, UNA PASIÓN DE VIEJOS

Sara Malagón Llano

En nuestra anterior entrega nos referimos a la inclusión, en el último número de la revista AMEXFIL, de dos artículos que debatían acerca del futuro de la filatelia. En esta oportunidad les invitamos a leer un muy interesante reportaje de Sara Malagón Llano, publicado en la revista Arcadia, en el que a propósito de EXFILBO 2016, la exposición nacional de Colombia, se pasa revista a esto que la autora llama pasión de viejos. 

Los objetos sin valor, los muebles de gusto dudoso, hasta los viejos
abrigos descosidos. Las cosas más comunes, de hecho, pueden
revelar escenarios de inusitada pasión.
Lorenza Foschini

“Algunos dicen que somos unos viejitos babosos. Pero siempre digo que el hombre primitivo era cazador. Y en la tribu el que cazaba era respetado. Buscaba la presa, la conseguía y la llevaba a casa. Cuando se acababa la comida, volvía nuevamente a cazar. Así somos los filatelistas: cazadores del mundo moderno, en búsqueda de aquella pieza que nos haga falta, y la buscamos hasta que la encontremos. Una vez encontrada, la ponemos en nuestra colección y salimos en búsqueda de otra”.

Darío Díez Vélez llama a esto una “explicación romántica” del ánimo coleccionista del filatélico, de aquel que siente pasión por coleccionar billetes, monedas, estampillas, sobres postales.

La palabra viene del griego “filo” y “atéleia”, y vendría a significar algo tan raro como “amor por la exención de impuestos” o “amor por lo ya pago”. Es, para algunos, una actividad similar a coleccionar arte. Para otros, una manera de adentrarse en la historia de un país. Antes se decía que la mejor forma de aprender era viajando o coleccionando estampillas, y hay quienes afirman que en las primarias españolas había clases de Historia, pero también de Historia a través de la filatelia.

Es una afición para espíritus investigativos, un método de aprendizaje de la historia a través de los objetos, de lo que ellos tienen para decirnos. No en vano, como dice Deleuze, aprender concierne esencialmente a los signos, que son “el objeto de un aprendizaje temporal, no de un saber abstracto. Aprender es considerar una materia, un objeto, un ser, como si emitieran signos por descifrar, por interpretar. No hay aprendiz que no sea ‘egiptólogo’ de algo (…). Todo acto de aprender es una interpretación de signos o de jeroglíficos”.

Pero verdaderos jeroglíficos fueron, para mí, los que encontré en la exposición de estampillas que se inauguró en la primera semana de julio en la Academia Colombiana de Historia. Lo confieso: no sabía siquiera qué significaba “filatelia” cuando recibí el comunicado de prensa de la exposición a través, claro, de un correo electrónico. Jamás he recibido una carta con su respectivo sello postal y nunca había contemplado una estampilla de cerca.

Había más de 240 marcos que presentaban cientos de estampillas agrupadas por autor y por tema. “Enteros postales de Colombia”; “Cruz Roja colombiana”; “Amigo y trabajador incansable: el perro”; “Vaticano – Tarjetas Postales”; “La orquídea, un tesoro natural”. Marcos de coleccionistas consagrados y marcos de aprendices menores de 18 años. Y entre los marcos, señores elegantes, representantes de la filatelia colombiana y del Club Filatélico de Madrid -invitado de honor-, algunos estudiantes en uniforme de colegio. Y es que los filatelistas inician sus colecciones muy niños, cuando los padres les inculcan el oficio a sus hijos, o después de los 40, cuando se tiene más tiempo y más dinero, ya sea para volver a esa vieja afición o para adquirirla.

Hablarles de filatelia a los jóvenes es sin duda más extraño que hablarles del coleccionismo de acetatos, aunque las estampillas todavía se produzcan y sigan cumpliendo la misma función que tienen desde mediados del siglo XIX: certificar el pago del envío de una carta o una encomienda. Pero internet, los nuevos sistemas de porteo alternativos a la estampilla y la baja difusión de la cultura filatélica han contribuido no sólo a que los jóvenes no sepan de qué se trata; también a la disminución considerable del número de filatelistas.

Darío Diez

El Club Filatélico de Bogotá, que es tal vez la asociación más sólida en el país alrededor de la estampilla, pasó de tener 200 socios en el año 2000 a tener 44 en 2012. Ahora son alrededor de 30, que pagan 300.000 pesos anuales por la membresía y se reúnen dos veces a la semana, los jueves en la noche y los sábados en la mañana. Hacen conferencias, conversan sobre estampillas, organizan las muestras, compran, venden, intercambian. “Es para mantener a los socios unidos”, dice Darío. “Afortunadamente existe, pero se está empequeñeciendo ¡porque nos vamos muriendo! Nada que hacer, es así”.

Sin embargo, dice Darío, Colombia es una tierra de grandes filatelistas. Nombra a algunos: el suizo Hugo Goeggel, el alemán Dietter Borfel, el paisa Juan Santamaría. Muchos han muerto y les sigue una generación que en sus palabras “va a morir pronto”, pero que aún se destaca en las exposiciones internacionales.

Según Santiago Cruz, presidente de la Federación Filatélica Colombiana –que agrupa a los clubes de Bogotá y Medellín–, en Colombia hay alrededor de 2.300 coleccionistas. Y ese número se soporta en un censo de coleccionistas oficiales que se hizo en 1970, que a su vez coincide con los datos de quienes están suscritos a 4-72, el operador postal oficial de Colombia.

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