martes, 3 de noviembre de 2020

EL CRUCE DE LOS ANDES DE ELIA LIUT. CENTENARIO DEL PRIMER VUELO POSTAL EN EL ECUADOR

Italo Bongiovanni

NOTA DEL EDITOR: Este 4 de noviembre se conmemora el centenario del primer vuelo postal en el Ecuador, el que hizo el transporte de correspondencia entre Guayaquil y Cuenca, en el avión Telégrafo I, piloteado por el italiano Elia Liut, el 4 de noviembre de 1920. Para recordar este importante suceso, nos tomamos la libertad de reproducir el relato que nuestro buen amigo Italo Bongiovanni hace de este vuelo en su libro Primeros vuelos postales en Ecuador en los años veintes y treintas.


La historia del correo y de la aviación es la historia de un amor fulmíneo: aviones y sobres enlazaron sus destinos de inmediato y fue, como se dice, amor a primera vista.

La historia postal nos dice que el primer transporte de correo por avión fue en 1911, en India, cuando 6.500 cartas se amontonaron para volar la primera vez, es decir que los aviones estaban dando los primeros pasos y ya el correo intentaba subir al fuselaje. De otro lado se trataba de sustituir la mula por un ángel.

Elia Liut, izquierda, y Ferruccio Guicciardi posan junto al Telégrafo I, en una foto dedicada por Liut a Roberto Crespo Ordóñez

Esta relación tan íntima y tan feliz tuvo el mérito de hacer revivir, en clave postal, tantos eventos históricos que marcaron nuestro pasado: tarjetas, volantes, pergaminos, diarios, mensajes, cartas, revistas y libros volados, se convirtieron en preciosos testigos.

Ecuador fue una excepción en este sentido, pues fue el país de Sudamérica donde menos se conservó este tipo de documentación: por ejemplo de los primerísimos vuelos, hoy se pueden encontrar algunas tarjetas del primer vuelo Guayaquil-Cuenca, pero los de los vuelos Cuenca-Riobamba y Riobamba-Quito es casi imposible conseguirlas. Peor para los volantes de los que existe solo uno del Adiós a Cuenca, conservado en el museo de Quito.

Ellia Liut, izquierda, y Ferruccion Guicciardi

Po suerte los diarios de la época contaron con detalle la gran aventura y hoy vamos a utilizarlos para hablar de ella.

Nuestra historia aeropostal empieza el 23 de noviembre de 1908, cuando el colombiano Domingo Valencia se levantó en el cielo de Quito con su globo inflado de aire caliente. No era el primer globo en volar en el cielo de la ciudad, pero el modesto público, como dice la crónica del tiempo, asistió al lanzamiento de volantes publicitarios de la Urrutia y Gangotena y de La Guía del Ecuador, primer ejemplo de mensajes volados en el cielo del país.

Una de las tarjetas postales transportadas por Elia Liut en el primer vuelo postal ecuatoriano.
En la imagen, Liut en el medallón de la esquina superior izquierda y el Telégrafo I, un Macchi Hanriot HD1.
La tarjeta fue franqueada el 2 de noviembre (se esperaba que el vuelo se haga el 3) y tiene el sello de llegada en Cuenca el 4

Pero la verdadera epopeya del país empieza en 1920, cuando dos pilotos italianos de la primera guerra mundial, Elia Antonio Liut y Ferruccio Guicciardi, llegaron a Guayaquil con un mecánico y un avión, de inmediato bautizado TELÉGRAFO I y empezaron a dar acrobacias en el cielo de la ciudad. No era la primera vez que se veía un avión en el cielo de Guayaquil, pero nunca se había visto tanta habilidad. El 12 de octubre Liut y el señor José Abel Castillo estaban en el teatro Olimpia de la ciudad con dos cuencanos; Castillo, dueño del diario El Telégrafo, había comprado el avión dándole el nombre de su diario, siguiendo el sueño de una expansión comercial en todo el país. Los dos cuencanos, empresario y amigos de Castillo, propusieron a Liut desarmar el avión y transportarlo a Cuenca para ofrecer un espectáculo de vuelos acrobáticos en honor de la independencia de la ciudad. Le ofrecían el transporte en tren hasta Huigra y desde allá por los guanderos (cargadores indígenas) hasta Cuenca, más un premio de 5.000 sucres. Liut tenía dos buenas razones para aceptar: no había dinero y tenía el arrogante orgullo de quien conoce sus capacidades. De verdad él había salido de numerosos combates aéreos en la guerra en Italia, volando sobre los Alpes, así que aceptó diciendo:

- ¡Voy a llegar volando hasta Cuenca!

En el Museo Remigio Crespo Toral, en Cuenca, se conservan la casaca y el gorro de Liut y la hélice del Telégrafo I 

Los otros aceptaron la idea del vuelo sobre los Andes, sugiriendo pasar por el Nudo de Cajas y, al día siguiente, todos empezaron a preparar el vuelo declarado "con finalidad de transporte de correo y diarios". Empezaba la relación amorosa entre avión y correo también en Ecuador.

El 4 de noviembre, retrasado un día por problemas de mal tiempo, el avión y el piloto se presentaron listos para despegar. Era el amanecer, el rigor de las lluvias del día anterior había cesado y el campo de aviación estaba repleto de gente que había pagado un sucre para asistir. Liut observó el fango endurecido, rugosa capa gris alrededor de las llantas y miró a su mecánico Fedeli que hacía los últimos controles; en su divisa de piloto del real ejército italiano, de estatura superior a la media de los ecuatorianos, estaba, estatua silenciosa, a un lado del avión pensando en los sueños de la noche inflamados de imágenes heroicas. Miraba la muchedumbre de la que salía un ansia palpable y se preguntó si su futuro estaba cargado de gloria o de fracasos. No tenía duda de sus capacidades pero miraba los Andes perdidos en las nieblas, muralla de cimas batidas por vientos que, al día anterior, lo habían alejado. 

Se le acercó un empleado del diario El Telégrafo que hizo un gesto, como para pedir el permiso, y cargó la valija postal con 500 tarjetas postales producidas por el mismo diario y regularmente franqueadas y obliteradas por la oficina de correo de Guayaquil, dos días antes. El sello PRIMER CORREO AÉREO DEL ECUADOR no era postal sino de la oficina del diario y se agregaron diarios, pergaminos y saludos para ciudadanos y autoridades de Cuenca. Cuando Liut ya estaba lista para subir al avión, se le acercó el doctor Luis Fidel Lazo, escrito cuencano, que dio un breve discurso, poniendo una medalla de oro en el pecho del piloto y entregándole un paquete de volantes que deberían ser lanzados en el cielo de Cuenca. Liut se amarró el altímetro y la brújula a las piernas y despegó.

El Telégrafo I aterriza en Cuenca


De inmediato encontró espesas nubes pero esta vez estaba decidido a no rendirse, así que intentó pasar en medio de ellas; cuando su experiencia le advirtió del peligro, empezó a ganar cuota en vertical dando amplias vueltas sin acercarse a las montañas. Buscaba no perder la orientación y de cuando en cuando se limpiaba los lentes cubiertos de gotas de agua, teniendo la mirada fija hacia adelante. Se preguntó hasta cuándo el moto resistiría dando potencia y el aparato soportaría el esfuerzo de tantas vibraciones. Contó más tarde que un cóndor lo había acompañado por algunos tramos del vuelo y, de pronto, pasando entre dos cimas nevadas, vio el declive bajar al valle y comprendió que estaba al otro lado de la cordillera. Redujo e inmediato las revoluciones del motor, se estiró de hombres y dio gracias a su ángel de la guarda. Era hombre de suerte y lo sabía.

La temperatura se hizo más dulce, empezó la vegetación, vio una primera casa, y otra, hasta que a su oído llegó el sonido de cien campanas. Al fin Cuenca estaba debajo de él, dio dos vueltas saludando con ambas manos y lanzó los volantes que le habían entregado. La gente corría en las calles recogiéndolos y parecía enloquecida, la bienvenida de las campanas continuaba y el cielo se llenó de fuegos artificiales. Hizo acrobacias y se bajó en vuelo rasante oscilando las alas en forma de saludo; fue demasiado para una mujer que estaba en la plaza del mercado y que cayó muerta por el miedo y la emoción. Al final Liut aterrizó en medio de 20.000 personas que veían un avión por primera vez y criaban y saltaban por todo lado y lo bajaron del avión. De inmediato, el presidente del Concejo Municipal puso al pecho del piloto la medalla de oro (era la segunda medalla del día) "Premio Sangurima".

Emisión ecuatoriana de 2005 conmemorativa del vuelo de Liut (Scott 1754).
Aparecen el piloto, el Telégrafo I y José Abel Castillo, promotor del vuelo

El Premio Gaspar Sangurima era una medalla de oro de cuatro castellanos (30 gr.) que cada año se asignaba al mejor artesano de Cuenca. Para el 1920 ya estaba decidido entregarla a un peluquero, el señor Baltasar Sánchez, que se vio privado del sustancial premio, aunque la crónica no dice si tal decisión le hizo feliz. Además Liut recibió otra medalla, de plata esta vez, pero con avioncito de oro pegado en el centro y, al fin, se lo llevaron en triunfo en los hombros, hasta llegar a un carro adornado de flores y con las banderas ecuatoriana e italiana. La columna de carros entró en la ciudad, flores caían de las terrazas mientras que dos alas de gente agitaban miles de manos en saludo. En el aire el himno nacional mezclaba sus notas al sonido de las campanas y al fragor de los petardos.

Entraron en el Bar Latino de un oriundo italiano donde, al final de una serie increíble de discursos, el poeta Remigio Crespo Toral entregó a la historia la fatídica frase: A los cuencanos no nos quedan otros caminos que los del cielo. El alma de la revolución tecnológica había poseído la ciudad y ardía un nuevo sentido nacional.

Se abrieron los dos tubos que contenían el diario El Telégrafo y la revista El Fuete. Ambos tuvos tenían franqueo regularmente obliterado y el cachet "PRIMER CORREO AÉREO". Lamentablemente se perdieron ambos o fueron hábilmente ocultados para no entregarlos a ningún museo. 

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